Entrevista
Amanda Jara: «Víctor Jara sigue siendo algo peligroso»
Amanda Jara, hija de Víctor Jara y presidenta de la Fundación que lleva el nombre del músico chileno participa estos días en distintos actos en Barcelona relacionados con actividades de la institución que dirige. Amanda Jara habla desde una vida atravesada por la resistencia y la necesidad de mantener vivo un legado familiar y artístico, pero se presenta ante todo como una mujer consciente del mundo que habita, alejada de cualquier voluntad de construir una imagen heroica de sí misma.
Amanda Jara, hija de Víctor Jara y presidenta de la Fundación que lleva el nombre del músico chileno participa estos días en distintos actos en Barcelona relacionados con actividades de la institución que dirige. Amanda Jara habla desde una vida atravesada por la resistencia y la necesidad de mantener vivo un legado familiar y artístico, pero se presenta ante todo como una mujer consciente del mundo que habita, alejada de cualquier voluntad de construir una imagen heroica de sí misma.
Amanda Jara
© Xavier Pintanel
Joan Manuel Serrat y Amanda Jara el pasado 9 de septiembre en la Casa Amèrica Catalunya.
© Xavier Pintanel
Jorge Leiva, Amanda Jara y Verónica Dávalos —presidenta del Centro Salvador Allende— en el CAT de Barcelona ayer 10 de septiembre.
© Xavier Pintanel
Amanda Jara es hija de Víctor Jara y presidenta de la Fundación que lleva el nombre de su padre. Pero, por encima de todo, es una mujer luchadora, sensible y consciente del mundo en el que vive. Dice que se cansó de la épica, que ha sido muchas veces derrotada. Aun así, insiste: "Somos monos porfiados".
Amanda se encuentra en Barcelona, donde el miércoles participó en un conversatorio con Joan Manuel Serrat. Ayer presentó en el CAT el libro de Jorge Leiva 150 canciones y un poema. Hoy participa en las conmemoraciones del golpe de Estado del 11 de septiembre y mañana, junto con Pere Camps e Ismael Serrano, asistirá a la reinauguración del monolito dedicado a su padre en la calle Víctor Jara de Barcelona.
Pudimos conversar con ella y compartir la emoción que le despertó el recuerdo de su infancia. Amanda ha sufrido y, aunque durante mucho tiempo se resistió a reconocerse como víctima, hoy puede hacerlo sin que esa condición defina su vida. Mantiene la cabeza alta y trabaja con tenacidad para celebrar la obra de su padre y recoger el testigo de Joan Jara, su madre: una de esas mujeres imprescindibles que luchan toda la vida.
¿Qué recuerdos conservas de tu infancia?
Mi infancia fue linda. Tengo hermosos recuerdos de la familia, de los amigos y las amigas, grandes y chicos. De jugar, de las vacaciones, de cocinar con mi papá.
Es algo de lo que también hemos hablado con mi hermana, ya de mayores: qué curioso que, siendo Joan, nuestra mamá, y Víctor, nuestro padre, artistas que salían de gira y viajaban mucho, nunca sintiéramos un vacío.
Siempre estábamos los cuatro muy juntos. Para mi papá eran muy importantes los cumpleaños, las navidades e incluso los domingos, cuando le gustaba cocinar. Ahora miro hacia atrás y pienso que a mi papá lo mataron a los 41 años. Tenía una vida llenísima y nosotras éramos partícipes de ella.
Fue una infancia entretenida, con mucha música, mucha danza y ensayos. Éramos los vecinos más bulliciosos del barrio, pero la casa se llenaba de los otros niños y niñas porque era entretenido. A veces ensayaban durante mucho rato y después salían a tocar, como para soltarse un poco, y hacían una especie de murga.
Fue una infancia alegre, citadina y campestre, porque, si mi papá y mi mamá tenían oportunidad de salir de Santiago, salíamos. Eso se cortó de cuajo a mis ocho, casi nueve años. Y a partir de ahí empezó otra vida. Hubo que reinventarse.
¿En qué momento tomas conciencia de que tu papá, ese hombre que cocinaba contigo los domingos, era también una figura que trascendía a la familia y a Chile, hasta convertirse en un patrimonio universal?
Cuando era chica, mi mamá empezó a viajar con los Inti, los Quila, Isabel y Ángel (Parra) para denunciar lo que nos había pasado en Chile. No solo lo de mi padre, sino la tragedia colectiva. Entonces yo todavía no era consciente de esa dimensión.
Me doy cuenta ahora, con la perspectiva del tiempo. En aquellos encuentros se hablaba mucho de cómo había muerto, de la tortura, del horror, de la tragedia, y después se tocaba su música. En casa, mi mamá no podía escuchar las grabaciones de su compañero. Pasó mucho tiempo hasta que yo pude escucharlas.
Siempre hice una especie de separación: mi papá estaba conmigo, y aquel hombre al que estaban resignificando constantemente servía como punta de lanza para denunciar una tragedia colectiva.
La primera vez que tuve plena conciencia de eso fue cuando ya era una mujer joven, de unos veinte años. Volví a Chile en 1983. Eran tiempos de protestas, empezaron las convocatorias de paro y la gente salió a la calle. Yo también. Allí se gritaba: "¡Víctor Jara! ¡Compañero Víctor Jara!". Y yo gritaba también.
Como si fuera otra persona.
Exactamente. Ahí me di cuenta de que Víctor Jara significa mucho para muchas personas. Te lo puedo asegurar. A mi padre lo guardo en mi corazón, y ahora eso está bien.
Durante toda mi vida me rehusé a ser víctima. Ahora, de vieja, entiendo que sí fui víctima y que sufrí un trauma, pero a eso hay que darle la vuelta.
Después de regresar a Chile, acabaste tomando cierta distancia de Santiago y te fuiste a vivir a un pueblo de la costa. ¿Cómo llegaste a esa decisión?
Estuve bastante tiempo en Santiago. Yo venía de Londres, donde, a pesar de ser una ciudad muy grande, había en aquella época un sentido de provincia, de aldea. No sé cómo estará ahora. La gente se hablaba, había una comunicación cotidiana con una tolerancia increíble, sin juzgar. Por lo menos en la calle, nadie te miraba por cómo ibas vestida o por lo que decías. Podías ser quien eras.
Por eso me chocó mucho Santiago a principios de los ochenta. Encontraba que en Chile se juzgaba muchísimo: te miraban de arriba abajo y te ponían en una casilla.
Aun así, participé, estudié. Intentaron que militara, pero no quise. Víctor es mucho más grande que yo y sentía que me iban a meter en una maquinaria en la que no quería estar. Yo quería participar en una marcha sin que nadie supiera quién era.
Después, trabajando, me agobié en Santiago. Quería pintar, que además era lo que había estudiado, pero no tenía tiempo. Trabajaba en producción de largometrajes, en una época en la que la industria era prácticamente inexistente. Para tener recursos había que trabajar en publicidad, y aquello terminó por agobiarme.
Un día, conversando con mi mamá, me dijo: "¿Por qué no te vas a vivir allá, al lugar que habíamos comprado en la costa? Puedes quedarte un tiempo". Lo pensé y acepté. Había trabajado, tenía ahorros y creía que me iría unos seis meses. Pero me quedé.
Era un pueblito costero cerca de Valparaíso, con un camino que entonces era de tierra y se complicaba cuando llovía. No había celulares. Me fui en 1991.
Creo que también tuvo que ver con la vuelta de la democracia y aquella idea de que ya venía la felicidad. Siempre fui muy suspicaz con la justicia transicional. Cuando ganó el "No" en el plebiscito hubo una marcha gigantesca. Yo todavía estaba en Santiago y no fui: me quedé pintando. Esa suspicacia, esa duda, me tenía atrapada. Y me fui a pintar.
Observando las fotografías de las actividades de la Fundación Víctor Jara se percibe un acercamiento progresivo por tu parte. Al principio apareces un poco detrás de tu madre y, a medida que ella envejece, vas ocupando un lugar más visible. ¿Cómo viviste ese proceso?
Mi mamá era una mujer muy generosa. Quería transmitir su experiencia, compartirla. Pero siempre nos cuidó mucho a mi hermana Manuela y a mí. Por eso yo podía andar en metro o en micro sin que nadie supiera quién era, y era fantástico. Podía entrar en un lugar y conversar sin ese condicionamiento que a veces impide que la relación sea fluida.
En ese sentido me cuidó muchísimo, y se lo agradezco infinitamente. Pero envejeció, se puso más débil y llegó un momento en que no podía andar sola. Aunque te estoy hablando de cuando tenía noventa años: mi mamá fue muy autónoma.
¿A ti te costó tomar las riendas de la Fundación?
Me costó mucho.
¿Lo viviste como una decisión voluntaria o como una obligación?
Al principio tuvimos muchos problemas con un espacio que teníamos, el Galpón Víctor Jara. Fue una chispita en el movimiento musical chileno: un lugar acogedor, de autogestión, donde las organizaciones y las bandas podían organizar sus actividades sin censura.
Tuvimos muchos problemas, como ocurre con todo lo que lleva el nombre de Víctor Jara. Víctor Jara sigue siendo algo peligroso. Desde que abrimos nos atacaban por una razón u otra: la Tercera Comisaría de Santiago, la municipalidad y, después, la Corte Suprema. Hasta que llegó la clausura y tuvimos que irnos, en 2013.
Mi mamá ya estaba muy cansada para afrontar ese cambio. Entonces empecé a hacerme cargo de una situación muy difícil, con un archivo de enorme valor que no tenía dónde estar. Fue una época tremenda.
Yo estaba rabiosa, muy enojada. Pensaba: "Esto no es justo". Hasta que de pronto me pregunté qué tenía que ver que fuera justo o injusto con la decisión que debía tomar. Podía dejarlo ir. Era mi opción. Si asumía aquello, tenía que ser porque yo decidía hacerlo, no porque alguien me obligara.
Lo pensé mucho, hablé con muchas personas y decidí seguir adelante. En aquel momento Cristian Galaz (director ejecutivo de la fundación) me preguntaba: "¿Por qué quieres hacerlo? Si hacemos esto, ¿por qué lo vamos a hacer?". Él me ayudó a despejar el camino.
Te he escuchado decir que en la Fundación habéis dejado de hacer pocas cosas muy grandes para empezar a hacer muchas cosas pequeñas. ¿A qué te referías?
Cuando nos clausuraron el Galpón, en 2013, tocamos muchas puertas. Desde las instituciones nos decían: "Pero si ustedes pueden organizar un evento en un estadio para reunir fondos, siempre van a tener mucho apoyo". Pero eso requiere gestión. No es algo que caiga del cielo. ¿Estaba yo, Amanda, dispuesta a asumir esa responsabilidad? No.
Cristian Galaz tenía esa habilidad y continuamos haciendo algo muy bonito: el Festival Arte y Memoria, desde 2018. El último fue en 2023. Fue una ocasión de encuentro, de música, de documentales, de arte. Arte en resistencia, porque seguimos estando en resistencia.
Pero yo veía a un equipo muy pequeño, muy precario, sometido a mucha tensión, mientras el archivo quedaba en un espacio en el que no había evolución. Los archivos no son cajones de papeles guardados y empolvados. Los archivos son vivos y son nuestro cable a tierra para mostrar y evidenciar una obra, una forma de pensar, una forma de colaborar con otros.
Entonces dije: basta de agotarnos con estas producciones. La gente piensa que uno gana plata con eso, pero no se gana plata. Estábamos pidiendo subsidios al Estado para sacar adelante actividades, y esa dinámica me parecía un poco tóxica en los tiempos que estamos viviendo.
Además, eran encuentros que no tenían continuidad. Eran bellos, todos lo pasábamos muy bien, pero el equipo quedaba agotado, enojado, a veces medio peleado entre sí, porque esas cosas pasan cuando hay tanto estrés.
Así que propuse bajar a tierra, mirar qué podíamos hacer y con cuántos recursos contábamos. Hacer cosas pequeñas, sin un escenario que establezca esa relación entre el espectáculo y el público. Algo distinto, más pequeño, más circular, más orgánico, que tenga continuidad y seguimiento.
¿Dónde ves el futuro de la Fundación?
Soy terrible: nunca proyecto más allá del próximo mes. Pero ahora estoy a cargo de una Fundación que, claramente, tiene que prever sus recursos. Tendremos que trabajar para conseguirlos y continuar con nuestras actividades, sobre todo en colegios.
Me interesa mucho trabajar con la infancia. Los niños son unas esponjas y tienen una visión en la que encuentro esperanza todo el rato. Quizá suene un poco a sanguijuela por mi parte, pero trabajar con ellos me da energía.
Con la juventud es mucho más difícil, pero también estamos ahí. Hacemos talleres audiovisuales para que aprendan a contar historias y a relatar sus experiencias desde su territorio. También hacemos talleres de paya, que sirven incluso para los raperos porque tienen elementos en común. Y estamos trabajando con mujeres.
Hace poco, a raíz de la detención de Con motivo de la detención del último exmilitar condenado por el asesinato tu padre, publicaste una nota en la que valorabas la noticia, pero señalabas que eso no era justicia. ¿Qué sería para ti la justicia?
Igualdad frente a la ley. Que todos tengamos las mismas posibilidades. Justicia no es tener que esperar y pelear durante cincuenta años. Eso ya no es justicia.
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Amanda Jara, hija de Víctor Jara y presidenta de la Fundación que lleva el nombre del músico chileno participa estos días en distintos actos en Barcelona relacionados con actividades de la institución que dirige. Amanda Jara habla desde una vida atravesada por la resistencia y la necesidad de mantener vivo un legado familiar y artístico, pero se presenta ante todo como una mujer consciente del mundo que habita, alejada de cualquier voluntad de construir una imagen heroica de sí misma.