Qué raro
crecerá la hiedra en las arenas del desierto.
Volverán los muertos a la tierra de los vivos,
ya no habrá más fugitivos perseguidos por el hambre.
Todo esto pasaría
antes de que viera el día,
un segundo de paz
en el mundo.
¿Quién se imagina
a un traficante de armas
en la cola del paro?
Qué raro.
Llorarán las madres lágrimas de piedra,
bajo los misiles, mortíferos candiles,
garabatos en el cielo.
Antes de sembrar el suelo de lamento y desgracia,
en nombre de la "timocracia",
prima de esa libertad de hierro,
que sólo con oro negro
calma su sed de guerra.
Guerra.
Aún más vieja que la tierra,
reina de los aniversarios,
estrella de los telediarios;
como una perra en celo
babea sangre y acero,
devora tanto dinero,
dinero para enterrar
el hambre del mundo entero.
Medio planeta se pudre de
hambruna cada día
el otro medio se gasta una fortuna en artillería.
La locura multimedia,
la comedia universal;
servida en mi salón,
en mi sillón preferido,
en vivo y en directo,
en muerto y diferido;
con mi batido de fresas
y mi sorpresa sin latido.
La costumbre es una arpía
que envenena con el zumo
rancio de la monotonía,
y el humano se hace humo.
Yo que soy portador
del virus de la utopía,
quiero pensar que algún día
florecerá la razón,
la redondez del melón,
junto a los árboles frutales;
en vez de minas "antipersonales",
hermosos campos de arroz;
ondulados mares de trigo,
meciéndose bajo el sol,
creciendo sobre el olvido
de tanta y tanta miseria,
de esta burda comedia
en primera plana y technicolor.
¿Cuánto tiempo pasará
antes de que vea el día
un segundo de paz
en el mundo?
¿Quién se imagina
a un traficante de armas
en la cola del paro?
Qué raro.
(2011)
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