Sigo cayendo
cargando un lamento como una cruz
pasas el umbral directo a mis brazos
como puertas cerrándose a antiguos pasos.
Y como barcos ya zarpan de mí
los rechazos que de memoria aprendí.
Sin remedio ya sé dónde voy a parar
que no tengo ante ti otra oportunidad.
Sigo cayendo, sigo cayendo
tu amor como una bomba de tiempo
que la mecha se enciende en tus ojos
va directo a estallarme por dentro.
Sigo cayendo, sigo cayendo
de seda veo el pavimento
lo sé y no me da igual
derribas mi altivez
como estatua de sal
cuando empezó a llover.
Náufrago con lápiz
con botella y sin papel,
náufrago con lápiz
con botella y sin papel.
Y me ofendes de incondicional
y me arañas con un beso
para ti soy esto y nada más
solo una amistad con sexo.
Y te duermes tranquila después de beber
mi atención y mi guarda mezclados con té.
Sueño adentro te vas donde eres la mujer
donde sabes que estás solo yo puedo ver.
Sigo cayendo, sigo cayendo
tu amor como una bomba de tiempo
que la mecha se enciende en tus ojos
va directo a estallarme por dentro.
Sigo cayendo, sigo cayendo
de seda veo el pavimento
digo mal de seda no
sino una nube de gigantes sentimientos
quizás cuando despiertes ya estaré lejos
lo digo a mí mismo
para mis silencios
acaso como un río por si sientes sed
por si sientes sed.
Sigo cayendo, sigo cayendo
tu amor como una bomba de tiempo
que la mecha se enciende en tus ojos
va directo a estallarme por dentro.
Sigo cayendo, sigo cayendo
de seda veo el pavimento
lo sé y no me da igual
derribas mi altivez
como estatua de sal
cuando empezó a llover.
Náufrago con lápiz
con botella y sin papel,
ingenuo creyendo que jamás
volveré a caer.
El trovador cubano Silvio Rodríguez abrió el 1 de septiembre en el Gran Teatre del Liceu de Barcelona su nueva gira por el Estado español con un concierto de 22 canciones que fue creciendo paulatinamente hasta desembocar en una sucesión final de clásicos. A punto de cumplir 80 años, Rodríguez mostró una voz sólida, mantuvo la habitual sobriedad de sus conciertos, dejando que fueran las canciones y la poesía las que expresaran aquello que apenas necesitó explicar con palabras.
Amanda Jara, hija de Víctor Jara y presidenta de la Fundación que lleva el nombre del músico chileno participa estos días en distintos actos en Barcelona relacionados con actividades de la institución que dirige. Amanda Jara habla desde una vida atravesada por la resistencia y la necesidad de mantener vivo un legado familiar y artístico, pero se presenta ante todo como una mujer consciente del mundo que habita, alejada de cualquier voluntad de construir una imagen heroica de sí misma.
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