Cita a las siete en Moncloa
Me siento, respiro el humo. Me toca esperar un rato.
Pienso en tu sombra de hembra,
en los secretos de tu regazo.
Pienso en lo hermosa que eres,
mi princesa, cómo te amo.
En esto que llega un buen tipo,
un chorizo navaja en mano.
"Colega enróllate". Le solté el dinero suelto,
me sonrió, y se despidió con un apretón de manos.
Continué pensando en ti, mujer, ¡qué ganas tenía de verte!
Pienso en lo hermosa que eres.
Si dices que no, sabes que mientes.
En esto que llegan tres tipos con el cráneo bien rapado.
Uno me insulta, otro se acerca: "Levanta un brazo"
, y me comenta: "Saluda o te mato".
Y yo que no quería ver nada
con aquellos tres buenos muchachos,
aprovecho la mínima,
hago un corte de manga y me largo.
En esto que iba corriendo, cuando choco con un munipa.
Con su cara garrulo, su gorra, su porra, su inseparable pipa.
"¿Dónde va usted? Enséñeme el carnet". "Lo olvidé".
"Me parece colega, te llevas a casa un papel".
Por fin consigo que el munipa me perdone la vida
y llego al lugar de nuestra cita.
Llego a las siete y media, sin esperanzas de verte.
Tú esperabas impaciente, tan hermosa como siempre.
"¿Y dónde te has metido cariño? Llegas media hora tarde".
"Me entretuve con amigos. Es que, mi vida,
Madrid está que arde".
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