Coplas de Juan Panadero
no es caja, que es calabozo,
penal donde pena España.
Las paredes de la cárcel
son de madera, madera,
de donde no sale nadie.
Las cuerdas son los barrotes,
la ventanita de hierro
por donde pasan mis voces.
Y las clavijas, ¿qué son
sino las llaves que aprietan
la luz de mi corazón?
Ahora me pongo a cantar
coplas que llevan más sangre
que arenas lleva la mar.
Canto ahora a los caídos,
a los que estando en la tierra
ya están naciendo en el trigo.
Mi mejor luto será
echarme un fusil al hombro
y al monte irme a pelear.
Que nada me desalienta,
que un guerrillero es un toro
en medio de una tormenta.
Me hirieron, me golpearon
y hasta me dieron la muerte,
¡pero jamás me doblaron!
Ahora yo quiero nombrar,
no mi nombre, porque el mío
es como el de los demás.
¡Sangre de Gómez Gayoso,
sangre pura, sangre brava,
sangre de Antonio Seoane,
de Diéguez, de Larrañaga,
de Roza, Cristino y Vía,
valles de sangre, montañas!
¡Sangre de Agustín Zoroa!
¡Mar de sangre derramada!
¡Sangre de Manuela Sánchez!
¡Sangre preciosa de España!
No quiero seguir nombrando
más sangre, pues mi guitarra
también se está desangrando.
Más aunque su voz se muera,
su voz seguirá cantando
a la España guerrillera.
Siempre seguirá cantando
y seguirá maldiciendo
hasta que el gallo del alba
grite que está amaneciendo.
De “Coplas de Juan Panadero” (1953)
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