Nuevas oraciones Nº 2
para rebosar tu copa.
Empieza por saberte la boca a sabe Dios qué rayos;
y el periódico, alimentando afanes, odios y mentiras,
te hace daño en los ojos, en la sien; y la poca esperanza que quedaba;
se desploma por tropezar con el anuncio de una guerra,
o la sociedad más reciente y vergonzosa
que explotará corazones de plástico.
Y ya estás tomando el desayuno mientras alguna joven
sacude las alfombras ahollando con su pecho la ventana.
Es la hora justa para que el fiel oficinista
sin rendición posible, ¿tal vez una quiniela?
tímidamente le sonría al jefe.
También para algún insatisfecho, algún señor hambriento
que quiera aprovechar bien su miseria
alimentando el odio de Purita que es estrecha, muy rubia y pedigüeña.
Allá enfrente, la madre superiora en la puerta del colegio
recibe niños y hace el juego al vehemente cartel "educación especial"
para llenarle el ojo al padre, para sangrar su bolsillo
para salvar su honor en sociedad.
Pepín, que perdió la vertical en el vientre de la madre
hasta conseguir ser polígono irregular,
pasea la calle,
arriba, abajo, voceando; vende lotería.
A lo mejor también te cruzas una niña
de dos años y te crees que has puesto un pie en el paraíso.
No, no suele durar mucho, como mucho, hasta cruzar alguna niña
de setenta y tantos años que acaba de dormir sobre algún banco,
y se despierta y mientras reza, indiferente su calva peinando.
Entonces deberías volver y apoltronarte entre las sábanas
tapar todos los huecos, intentar dormirte; quizá lo consigas
y puedas descubrir si hay un azul, un gris, un más allá,
y contemplar condescendiente como el hombre,
como la técnica y el hombre descoyuntan lentamente al mundo.
(1970)
El trovador cubano Silvio Rodríguez abrió el 1 de septiembre en el Gran Teatre del Liceu de Barcelona su nueva gira por el Estado español con un concierto de 22 canciones que fue creciendo paulatinamente hasta desembocar en una sucesión final de clásicos. A punto de cumplir 80 años, Rodríguez mostró una voz sólida, mantuvo la habitual sobriedad de sus conciertos, dejando que fueran las canciones y la poesía las que expresaran aquello que apenas necesitó explicar con palabras.
Las plataformas digitales democratizaron el acceso a la música y multiplicaron las posibilidades de publicación para miles de artistas. Sin embargo, dos décadas después de su irrupción, el mercado parece avanzar hacia una dirección inesperada: los éxitos son cada vez más locales, los algoritmos refuerzan las fronteras culturales y, salvo los artistas mainstream, resulta cada vez más difícil descubrir en nuestros escenarios a músicos procedentes de otros países, especialmente cuando deben cruzar un océano.