18 Festival BarnaSants 2013
El Kanka, canela en rama
Era domingo por la tarde, llovía y las calles del Gòtic de Barcelona anochecían perezosas y poco concurridas. El panorama invitaba a quedarse en casa. Pero unos pocos afortunados nos adentramos en el siempre genuino y encantador Harlem Jazz Club y, de pronto, se hizo la magia.
Era domingo por la tarde, llovía y las calles del Gòtic de Barcelona anochecían perezosas y poco concurridas. El panorama invitaba a quedarse en casa. Pero unos pocos afortunados nos adentramos en el siempre genuino y encantador Harlem Jazz Club y, de pronto, se hizo la magia.
Juan Gómez Canca «El Kanka»
© Xavier Pintanel
«El Manin»
© Xavier Pintanel
El nombre de Juan Gómez probablemente no les suene de nada. El Kanka tiene más gancho, pero, no nos engañemos, también es un nombre desconocido para el gran público. Harto injusto. Y es que, señores, detrás de ese mote se esconde un artista de aúpa, solvente, joven, con personalidad, tablas y futuro. Un Kankautor, como a él le gusta definirse; un muy buen guitarrista y cantante pero, por encima de todo, un excelente letrista y compositor.
Para el concierto en la ciudad condal, enmarcado en el festival BarnaSants, El Kanka contó con la colaboración de El Manin, su escudero, al cajón flamenco y las segundas voces. La dupla irradió complicidad, entendimiento musical y simpatía. El artista malagueño afincado en Madrid no parecía tener prisa por abordar la presentación de su primer disco, Lo mal que estoy y lo poco que me quejo, pues abrió fuego con tres piezas no incluidas en el álbum: Espero que disfruten de mi sufrimiento, seguida por el primer clásico de la noche, Con las ganas, y No jodan la marrana. A partir del cuarto corte desfilaron algunas canciones del disco, como Confesión, la divertida e antiheroica Pagafantas y Qué bello es vivir, cuyo último verso (si se os nota en la cara que estáis deseando que acabe para hincharos de aplaudir) profetizaba la buena reacción con la que el público obsequió al dúo durante toda la velada.
Los seguidores del artista malagueño pudimos comprobar que su salud compositiva sigue intacta al degustar piezas de más reciente creación como A dieta de dietas o la mecida Todo pasará. El momento simpático/freak de la noche llegó con la aparición de Albert Boscà, conocido en el círculo de la canción de autor barcelonés por sus colaboraciones con otro cantautor, El Niño de la Hipoteca. Boscà tuvo el privilegio de colaborar en una de las mejores piezas que haya parido El Kanka, la preciosa Canela en Rama. Su particular show, consistente en interpretar la letra con simpáticos gestos y mímica, arrancó las risas del público e incluso de los dos artistas. La recta final del concierto fue una gran traca de platos fuertes, como la movediza, negra e ingeniosa Refunk y auténticos clásicos del malagueño, como Señales de Humo, Lo mal que estoy y lo poco que me quejo, que bautiza el disco, y Rin-Rin coreada por el público.
El del domingo fue un gran concierto de un enorme artista. Completo, talentoso, curtido. Un tipo normal y cercano, que lejos de aspavientos y tonterías se limita a disfrutar y hacer disfrutar componiendo y canturreando excelentes canciones que, con cimientos en la canción de autor y la rumba, coquetean por momentos con otros estilos como el funk, el pop, el pasodoble, el flamenco… Ah, y mención aparte merece El Manin. No se me ocurre un mejor complemento. Finura y precisión al cajón, bonita voz (que se desmelenó en un par de momentos de protagonismo), una fiabilidad absoluta en los coros, dosis de gracia y carisma parecidas a las de su colega, y toneladas de complicidad y entendimiento sincero entre ambos.
De hecho, un servidor se llevó una impresión tan grata del recital que ahora, escuchando su debut discográfico, casi prefiere el sonido cálido, acústico y en carne viva de su directo. A pesar de la lógica riqueza instrumental y de arreglos que ofrece un trabajo de estudio. Será porque El Kanka y El Manin se lo guisan y se lo comen sobradamente sin nada más que su cajón, guitarra y voces. O será porque son animales de carretera y escenario. O será porque su simpatía y su duende no caben en 12 centímetros de CD.
El Kanka es un pedazo de artista, tal vez su único error ha sido nacer cuando y donde las radios y teles están demasiado ocupadas promocionando a artistas del pop adolescentes, prefabricados, efímeros y banales. Pero los afortunados que nos aventuramos por las perezosas calles del Gòtic en una lluviosa tarde de domingo sabemos que sus canciones y su directo son canela en rama.
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