Víctor Jara y mi vida sexual
El día en que me fue imposible no vivir, Dios Nuestro Señor —o aquel que estuviera de guardia— me privó del talento para cantar pero a cambio me dio la capacidad de poder ser consciente de mis limitaciones. El primer don me impidió ser trovador y el segundo caer en el ridículo intentando serlo.
Aun así, en mis primeros años, la inconsciencia y mi amor por la música me llevaron a aprender a tocar algún instrumento para acompañar mi tortuosa voz.
Enseguida descubrí que esto de la música abría puertas que en aquella época permanecían muy cerradas. Serrat ha dicho en múltiples ocasiones que él se metió en esto de la música “para poder tocar el culo a las niñas” —quizás por eso hay más trovadores que trovadoras— y yo, machito como todos, intenté sacar provecho de la situación y, créanme, funciona.
En el top one de las canciones más eficaces siempre se situó “Cuando voy al trabajo” de Víctor Jara. Cuando agarraba la guitarra y miraba a las niñas directamente a los ojos con cara de cordero degollado entonando aquello de “Pienso en tiiiii, mi vida, pienso en ti-i-iiiii” caían con más facilidad de lo que la férrea moral nacionalcatolicista del régimen de Franco permitía y toleraba.
Confieso que siempre tuve un cierto remordimiento de conciencia. En esos años de lucha, de fanatismo, de ortodoxia, de creer que un mundo mejor era posible, la idea de que Víctor Jara había dado su vida para solucionar mi vida sexual me parecía cuanto menos inmoral. De mayor y ya con los ánimos calmos comprendí que, a esa edad, la entrepierna tiene razones que la razón ignora.
Y comprendí también que si Víctor lo supiera estaría orgulloso al ver que sus canciones le sirven al amor más allá de la muerte.
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