Cintas amarillas
Laura era tan suave como un beso en la frente,
llevaba dos rubores carmín en las mejillas,
tenía mariposas de luz en las pupilas
porque eran ojos nuevos, sus ojos en la vida.
Laura, Laura, Laura...
Recogía la brisa y en su voz la devolvía
era como el rocío la frescura de su risa
temblando sobre el pétalo de su boca, flor de almíbar,
delantalito pobre remendado de alegría
crujiendo de almidón un jazmín parecía.
Laura, Laura, Laura...
Su carterita rota que fue marrón un día,
sus trenzas que se ataban con cintas amarillas,
yo la esperaba siempre, de lejos sonreía,
le daba mi manzana, qué hombre me sentía
ella me daba un beso y sin mirar corría...
Laura, Laura, Laura...
Recitado
Y cómo se enojaba cuando yo le desataba las cintas amarillas, “ves, para que no corras, si yo siempre te alcanzo”, y seguía caminando a su lado sin decir palabras, pateando pedregullos, mirándola de reojo con mi gesto de orgullo, pero ella no me hablaba, nunca me hablaba, y cantaba, muy bajito, tan bajito que acariciaba con su aliento las flores de papel que a un lado del camino bailaban con su acento, y todos los pájaros venían a posársele en la voz, y le trepaba la dulzura hasta la cara, entonces sí que me sentía solo, tan solo, y quería romper con la pedrada de mi grito el espejo de su magia, pero... no podía, su pequeña voz dolía más que mi alarido en el silencio, y entonces le decía: “perdón Laura” y le llevaba la cartera hasta el colegio. Ahora sé que la he querido tanto, tanto, pero cómo alcanzarla si siempre estuvo tan lejos... tanto...
Laura era tan suave como una llovizna de septiembre,
Laura era tan frágil como un beso en la frente,
Laura era el amor, ese amor que todos tienen,
Laura era el amor, Laura era el amor,
el primer amor que nunca vuelve.
Laura, Laura, Laura...
El trovador cubano Silvio Rodríguez abrió el 1 de septiembre en el Gran Teatre del Liceu de Barcelona su nueva gira por el Estado español con un concierto de 22 canciones que fue creciendo paulatinamente hasta desembocar en una sucesión final de clásicos. A punto de cumplir 80 años, Rodríguez mostró una voz sólida, mantuvo la habitual sobriedad de sus conciertos, dejando que fueran las canciones y la poesía las que expresaran aquello que apenas necesitó explicar con palabras.
Las plataformas digitales democratizaron el acceso a la música y multiplicaron las posibilidades de publicación para miles de artistas. Sin embargo, dos décadas después de su irrupción, el mercado parece avanzar hacia una dirección inesperada: los éxitos son cada vez más locales, los algoritmos refuerzan las fronteras culturales y, salvo los artistas mainstream, resulta cada vez más difícil descubrir en nuestros escenarios a músicos procedentes de otros países, especialmente cuando deben cruzar un océano.
Amanda Jara, hija de Víctor Jara y presidenta de la Fundación que lleva el nombre del músico chileno participa estos días en distintos actos en Barcelona relacionados con actividades de la institución que dirige. Amanda Jara habla desde una vida atravesada por la resistencia y la necesidad de mantener vivo un legado familiar y artístico, pero se presenta ante todo como una mujer consciente del mundo que habita, alejada de cualquier voluntad de construir una imagen heroica de sí misma.