Los poetas
Son seres muy extraños, que viven de la pluma
o que no viven, depende de la estación.
Son seres muy extraños, que atraviesan la bruma
con leves pasos de pájaro bajo alas de canciones.
Encerrada en un frasco, tienen el alma delgada;
su dinero, en los libros que nunca han editado;
su mujer vive unida a alguna rima
que nos habla del amor y del fruto deseado.
Y pintan de colores el asfalto gris y discreto:
cuando lo pisan, creen que van por el océano.
Con cintas de terciopelo, decoran el alfabeto
y sacan a pasear las palabras por la calle.
A menudo tienen un perro, compañero de vino y de miseria,
que les lame tiernamente las manos, mientras le sale
de los ojos brillantes y húmedos la luz sutil y etérea
que los guía lejos, muy lejos, al país de lo Absurdo.
Son seres muy extraños que, al contemplar las flores,
ven en ellas, escondidas, sonrisas femeninas.
Son seres muy extraños que cantan las penas
haciendo sonar sus corazones como si fueran violines.
Con brazos sin plumas, añoran las grandes alas
que la Literatura adherirá más tarde
a su espectro gélido, cuando suban las escaleras
que les llevarán desde la Muerte a los grandes salones del Arte.
Caminan por el cielo azul, con la cabeza en las ciudades
y saben detenerse para bendecir a los caballos.
Caminan por el horror, con la cabeza en las islas
donde los verdugos no pueden llegar ni hacer estragos.
Tratan de artificiales sus breves paraísos,
y meten sus versos en un calabozo,
como si pudieran encerrar un bloque de pisos
con el pretexto que los amos y los señores están en la cloaca.
o que no viven, depende de la estación.
Son seres muy extraños, que atraviesan la bruma
con leves pasos de pájaro bajo alas de canciones.
Encerrada en un frasco, tienen el alma delgada;
su dinero, en los libros que nunca han editado;
su mujer vive unida a alguna rima
que nos habla del amor y del fruto deseado.
Y pintan de colores el asfalto gris y discreto:
cuando lo pisan, creen que van por el océano.
Con cintas de terciopelo, decoran el alfabeto
y sacan a pasear las palabras por la calle.
A menudo tienen un perro, compañero de vino y de miseria,
que les lame tiernamente las manos, mientras le sale
de los ojos brillantes y húmedos la luz sutil y etérea
que los guía lejos, muy lejos, al país de lo Absurdo.
Son seres muy extraños que, al contemplar las flores,
ven en ellas, escondidas, sonrisas femeninas.
Son seres muy extraños que cantan las penas
haciendo sonar sus corazones como si fueran violines.
Con brazos sin plumas, añoran las grandes alas
que la Literatura adherirá más tarde
a su espectro gélido, cuando suban las escaleras
que les llevarán desde la Muerte a los grandes salones del Arte.
Caminan por el cielo azul, con la cabeza en las ciudades
y saben detenerse para bendecir a los caballos.
Caminan por el horror, con la cabeza en las islas
donde los verdugos no pueden llegar ni hacer estragos.
Tratan de artificiales sus breves paraísos,
y meten sus versos en un calabozo,
como si pudieran encerrar un bloque de pisos
con el pretexto que los amos y los señores están en la cloaca.
Versión de Miquel Pujadó
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La traducción de esta canción ha sido realizada a partir de la adaptación al catalán de Miquel Pujadó, no del original en francés.
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