Las catedrales de cemento
son tan altas como los árboles
de las leyendas que el viento
explicaba con voz de sable
por los antiguos palacios de mármol
y los fríos claustros del convento.
Pero si estas catedrales
fuesen árboles, tendrían
toda la corteza de asfalto,
y las hojas no caerían
porque nunca llegarían
a brotar de un cuerpo enfermo.
Las raíces harían el nido
en el corazón de las cloacas,
y un interminable río
de hormigas madrugadoras
buscaría mil atajos
intentando sobrevivir.
Es estas catedrales,
más allá de las lomas,
sacerdotes del Bien y del Mal
consagran la luna llena
sin alegría ni pena
desde tiempos inmemoriales.
Reza en silencio el fiel,
y después el cáliz rebosa
llenando callejones y estrellas
con una sangre oscura y espesa,
una sangre oscura y espesa
que engulle canciones y anhelos.
Las catedrales de cemento
beben de nuestras venas,
son montañas de excrementos
numerosas como granos de arena
y se expanden como la gangrena
ahogando los continentes.
El cantautor barcelonés Enric Hernàez ha muerto a los 68 años. Considerado uno de los nombres más personales de la generación posterior a la Nova Cançó, exploró con libertad estilos como el pop, el jazz, la bossa nova y el rock, así como la musicalización de poesía.
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