Los niños que vuelan
por no poder pisar la tierra
donde marchitó la flor y la bandera
de otra guerra más.
Borde y nación, niños sin mapas
corriendo por ríos sin caudales,
que el mundo considera ilegales.
Vamos buscando, mi hermano,
algo que nos perdone
la vida que hemos gastado
entre mil sinrazones.
Todos los niños
que no salen en la publicidad
pagan el precio
de esta sociedad.
Vuelan los niños
porque al andar no van lejos
de ese miedo que habita su cuerpo,
sangre y ternura, corazón abierto.
La insidia de pisar su identidad.
Niños migajas de pan,
Sueños frugales
que el mundo considera ilegales.
E aràpete cielo, aràpete mare,
aràpete terra ca sto’ luntando da’ casa mia,
frutto ’nzuarato senza semmenta
pane ’ntustato pe’caccia’ ‘e riente.
Pe’strade oscure d’’a voce
mo’ cantano ‘e canarie ca stanno ‘ncroce.
Scelle spezzate, vocche affamate
e attuorno sango a zeffunne
e ggiurnale ca parlano sempe ‘e ll’ate.
Ati nommi, ati suonne, atti ggente,
Piso e mesura ‘e ‘un munno
ca nun è mai cagnato.
E so’ ccriature oi ma’, nun te scurda’,
falle pazzia’.
El trovador cubano Silvio Rodríguez abrió el 1 de septiembre en el Gran Teatre del Liceu de Barcelona su nueva gira por el Estado español con un concierto de 22 canciones que fue creciendo paulatinamente hasta desembocar en una sucesión final de clásicos. A punto de cumplir 80 años, Rodríguez mostró una voz sólida, mantuvo la habitual sobriedad de sus conciertos, dejando que fueran las canciones y la poesía las que expresaran aquello que apenas necesitó explicar con palabras.
Las plataformas digitales democratizaron el acceso a la música y multiplicaron las posibilidades de publicación para miles de artistas. Sin embargo, dos décadas después de su irrupción, el mercado parece avanzar hacia una dirección inesperada: los éxitos son cada vez más locales, los algoritmos refuerzan las fronteras culturales y, salvo los artistas mainstream, resulta cada vez más difícil descubrir en nuestros escenarios a músicos procedentes de otros países, especialmente cuando deben cruzar un océano.