Tres jóvenes cancionistas (prefieren este término al de cantautores) uruguayos reciben a Cancioneros.com en el hotel de Barcelona donde se hospedan. Están felices y orgullosos de la misión que se les ha encomendado: rendir homenaje a Mario Benedetti.
Ese texto extraído de la canción Tengo, de Diego Kuropatwa, más conocido por Kuropa, puede ser objeto de reflexión o incluso de discusión, pero no estamos acá para eso. Simplemente me llamó la atención la frase y la reproducí aquí a modo de presentación de ese trovador uruguayo que nos deleitó hace muy poquitos días en la Sala Barradas de L’Hospitalet, durante el Festival Barnasants.
Siete representantes de distintas generaciones de trovadores uruguayos —Daniel Viglietti, Jorge Drexler, Daniel Drexler, Ana Prada, Samantha Navarro, Diego Kuropatwa y Rossana Taddei— homenajearán a su compatriota, el poeta Mario Benedetti y editarán un CD que se presentará el próximo año.
En la presentación se ha contado con la presencia de los artistas Daniel Drexler, Diego Kuropatwa y Samantha Navarro; Carlos Pita, embajador de Uruguay en España; Jorge Dotto, primer secretario y encargado de Arte y Cultura de la embajada de Uruguay en España; Héctor Guido, director de cultura de la Intendencia Municipal de Montevideo, así como de Pere Camps, director del Festival BarnaSants, y Antoni Traveria, director general de Casa Amèrica Catalunya.
Las plataformas digitales democratizaron el acceso a la música y multiplicaron las posibilidades de publicación para miles de artistas. Sin embargo, dos décadas después de su irrupción, el mercado parece avanzar hacia una dirección inesperada: los éxitos son cada vez más locales, los algoritmos refuerzan las fronteras culturales y, salvo los artistas mainstream, resulta cada vez más difícil descubrir en nuestros escenarios a músicos procedentes de otros países, especialmente cuando deben cruzar un océano.
El trovador cubano Silvio Rodríguez abrió el 1 de septiembre en el Gran Teatre del Liceu de Barcelona su nueva gira por el Estado español con un concierto de 22 canciones que fue creciendo paulatinamente hasta desembocar en una sucesión final de clásicos. A punto de cumplir 80 años, Rodríguez mostró una voz sólida, mantuvo la habitual sobriedad de sus conciertos, dejando que fueran las canciones y la poesía las que expresaran aquello que apenas necesitó explicar con palabras.

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