El bandoneonista Dino Saluzzi inició un ciclo conciertos en Buenos Aires, en el que interpela a la llamada "música popular" con un lenguaje que, sin embargo, redefine el concepto: propone músicas sin la agresión (ni de la velocidad, ni del golpe, ni del volumen) que parece soldar la sociedad entre lo popular, lo masivo y lo mediático.
La misma idea de novedad es puesta en entredicho en el universo que propone Saluzzi.
El bandoneonista Dino Saluzzi, a los 80 años y tras completar una intensa gira por Europa —territorio donde maceró buena parte de su recorrido musical, lejos de su Campo Santo natal— reapareció en la escena argentina para inaugurar un ciclo de conciertos en Café Vinilo, que se extenderá hasta el domingo, y donde interpeló —con la música y la palabra— formas de aproximación posible al hecho artístico.
Tras su experiencia en salas de concierto de Alemania, Suiza, Francia, Italia, Bélgica y Turquía, en algunos casos en colaboración con la chelista alemana Anja Lechner, Saluzzi retomó su agenda porteña con un repertorio que, de algún modo, lleva una cita implícita a ese recorrido, y que combinó obras de su último álbum, El valle de la infancia, inédito en la Argentina, con composiciones redescubiertas en el periplo europeo.
El bandoneonista salteño consumó una de sus contadas apariciones anuales en el Café Vinilo de Palermo (Buenos Aires. Argentina), con prescindencia de los contornos industriales de la música: con un concierto anunciado a propósito de la presentación de su último disco, El valle de la infancia.
El bandoneonista salteño Dino Saluzzi, figura indispensable de la música popular argentina, inaugurará mañana un ciclo de conciertos en el teatro La Comedia con que el que, anuncia, se propone "recuperar ciertos lenguajes y autores borrados y olvidados" por la cultura hegemónica.
Consagrado en el mundo como instrumentista y compositor, Timoteo “Dino” Saluzzi abordó en su dilatada carrera, con igual genio, la música de raíz folclórica, el tango, el jazz y también la música clásica.
Las plataformas digitales democratizaron el acceso a la música y multiplicaron las posibilidades de publicación para miles de artistas. Sin embargo, dos décadas después de su irrupción, el mercado parece avanzar hacia una dirección inesperada: los éxitos son cada vez más locales, los algoritmos refuerzan las fronteras culturales y, salvo los artistas mainstream, resulta cada vez más difícil descubrir en nuestros escenarios a músicos procedentes de otros países, especialmente cuando deben cruzar un océano.
El trovador cubano Silvio Rodríguez abrió el 1 de septiembre en el Gran Teatre del Liceu de Barcelona su nueva gira por el Estado español con un concierto de 22 canciones que fue creciendo paulatinamente hasta desembocar en una sucesión final de clásicos. A punto de cumplir 80 años, Rodríguez mostró una voz sólida, mantuvo la habitual sobriedad de sus conciertos, dejando que fueran las canciones y la poesía las que expresaran aquello que apenas necesitó explicar con palabras.

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