Veinticinco años de oficio al servicio de la canción y del pueblo de Cuba bien merecen una celebración, Santiago Feliu (La Habana, 1962) ha escogido BarnaSants para hacerlo con todos los honores.
Sentado en mi cuarto, mientras el lector de la máquina de compactos repasa los cortes de los distintos álbumes que del Santi compilo en mi fonoteca personal, el recorrido que ahora hago por buena parte de su obra a fin de motivarme para escribir las presentes líneas, me transporta por diversos instantes de mi vida durante los pasados 29 años, pues conocí las primeras canciones de este cantautor cuando ambos éramos un par de adolescentes allá por 1978.
Hoy parecen incomprensibles, hasta inconcebibles, las actitudes burocráticas hacia los nuevos creadores que cultivaban los ”seres-gaveta” de la cultura oficial. Los motivos para ser ignorados –o prohibidos–, por el Instituto Cubano de Radiofusión, podían ser tan irrisorios como las vestimentas informales de Noel, el exuberante pelo de Pablo, o la tímida desaprobación de los Beatles por parte de Silvio.
La mallorquina retorna a Cuba para cerrar la trilogía de conciertos de la mano del BarnaSants en La Habana, que culminará la gira de los 50 años.
Las plataformas digitales democratizaron el acceso a la música y multiplicaron las posibilidades de publicación para miles de artistas. Sin embargo, dos décadas después de su irrupción, el mercado parece avanzar hacia una dirección inesperada: los éxitos son cada vez más locales, los algoritmos refuerzan las fronteras culturales y, salvo los artistas mainstream, resulta cada vez más difícil descubrir en nuestros escenarios a músicos procedentes de otros países, especialmente cuando deben cruzar un océano.
El trovador cubano Silvio Rodríguez abrió el 1 de septiembre en el Gran Teatre del Liceu de Barcelona su nueva gira por el Estado español con un concierto de 22 canciones que fue creciendo paulatinamente hasta desembocar en una sucesión final de clásicos. A punto de cumplir 80 años, Rodríguez mostró una voz sólida, mantuvo la habitual sobriedad de sus conciertos, dejando que fueran las canciones y la poesía las que expresaran aquello que apenas necesitó explicar con palabras.

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