Era un día de febrero de 1997. Corría una "noche de pingüinos" tal como la catalogó Vicente Feliú. Era a él a quien íbamos a ver y escuchar en la Sala Apolo de Barcelona. Llegando a la puerta del local nos encontramos con un cartel donde se decía que "el Tinto" venía acompañado de dos jóvenes trovadores cubanos que formaban una suerte de "dúo" llamados Carlos Lage y Karel García.
El sueño, el compromiso, el pop y otros elementos estéticos y de concepto convergen en la obra de este joven cantautor cubano espoleado por un histórico como Vicente Feliu.
Las plataformas digitales democratizaron el acceso a la música y multiplicaron las posibilidades de publicación para miles de artistas. Sin embargo, dos décadas después de su irrupción, el mercado parece avanzar hacia una dirección inesperada: los éxitos son cada vez más locales, los algoritmos refuerzan las fronteras culturales y, salvo los artistas mainstream, resulta cada vez más difícil descubrir en nuestros escenarios a músicos procedentes de otros países, especialmente cuando deben cruzar un océano.
El trovador cubano Silvio Rodríguez abrió el 1 de septiembre en el Gran Teatre del Liceu de Barcelona su nueva gira por el Estado español con un concierto de 22 canciones que fue creciendo paulatinamente hasta desembocar en una sucesión final de clásicos. A punto de cumplir 80 años, Rodríguez mostró una voz sólida, mantuvo la habitual sobriedad de sus conciertos, dejando que fueran las canciones y la poesía las que expresaran aquello que apenas necesitó explicar con palabras.

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