El pasado mes de marzo la cantautora catalana Rusó Sala y el grupo formado por "catalanes de adopción" Sakapatú ofrecieron un espectáculo dedicado a Violeta Parra y Víctor Jara en el marco de los conciertos dedicados a Chile como país invitado en la vigésimo segunda edición del festival BarnaSants.
El festival BarnaSants quiso que el tercer concierto dedicado a Chile como país invitado fuera protagonizado por artistas "de aquí" en un homenaje no solo a Violeta Parra sino también a otro chileno excepcional e igualmente universal como es Víctor Jara.
Desprenden aires mediterráneos y latinoamericanos que también los llevarán a homenajear Violeta Parra, una de las principales folcloristas de América.
La propuesta combina la voz desnuda y palpable de Rusó Sala con los viejos sonidos y renovadas armonías de Sakapatú, un grupo que nació en Barcelona en 2004.
Antes de que finalice este aciago 2013 que tantas y tantas cosas se nos lleva en cuanto a logros sociales conseguidos después de muchos años de lucha y reivindicación, el grupo tuvo interés en hacerle un homenaje (han sido muchos este año) al que fue uno de los primeros y más importantes trovadores: el chileno Víctor Jara a los 40 años de su asesinato.
¿Quiénes son Sakapatú? Según su propia definición se trata de un grupo que combina instrumentos antiguos y modernos en la interpretación de la música de sus raíces y su repertorio se basa fundamentalmente en tradiciones musicales de distintas procedencias.
El Cancionero y Discografía de Violeta Parra, impulsado por cancioneros.com, continúa siendo una de las investigaciones documentales más importantes dedicadas a la universal artista chilena. Cuatro años de investigación permitieron recuperar 520 canciones, reconstruir su discografía, corregir numerosos errores históricos y fijar datos fundamentales sobre una de las figuras esenciales de la música latinoamericana.
Las plataformas digitales democratizaron el acceso a la música y multiplicaron las posibilidades de publicación para miles de artistas. Sin embargo, dos décadas después de su irrupción, el mercado parece avanzar hacia una dirección inesperada: los éxitos son cada vez más locales, los algoritmos refuerzan las fronteras culturales y, salvo los artistas mainstream, resulta cada vez más difícil descubrir en nuestros escenarios a músicos procedentes de otros países, especialmente cuando deben cruzar un océano.

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