Entrevista

Joan Isaac: «He hecho mi trabajo lo mejor que he podido y, sobretodo, a mi manera»

por Xavier Pintanel el 08/04/2026 

Hay discos que no necesitan levantar la voz. Azimut es uno de ellos. Joan Isaac presenta un trabajo hecho desde la contención, desde ese lugar donde la canción deja de ser ornamento para convertirse en algo casi necesario. Un disco minimalista, preciosista, trabajado con una delicadeza profundamente orgánica. Como todo en Isaac, un acto de fe.

Joan Isaac.

© Xavier Pintanel

Joan Isaac.

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Pere Camps, fundador del BarnaSants; Joan Isaac y Sergio Secondiano Sacchi.

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Joan Isaac regresa a la guitarra, a ese espacio donde la canción se sostiene por sí misma sin necesidad de artificios. Y en ese camino no está solo. Conversa con él y le acompaña Eduard Iniesta, guitarrista, compositor y especialista en instrumentos mediterráneos de cuerda pulsada; un músico multitodo capaz de disfrazarse —literalmente— de Mozart o Beethoven para acercar la música clásica a los más pequeños, escribir sonatas para orquesta, ejercer de presidente del Consejo Territorial de la SGAE, transmutarse en gran cantautor —basta escuchar su último trabajo La comunitat—, o acompañar a grandes artistas como Marina Rossell.

Joan Isaac se mueve tercamente alrededor de sus temas de siempre —el amor, la soledad, el silencio, la muerte—, pero lo hace desde otro sitio. No desde la urgencia, sino desde una especie de aceptación. Como si estuviera mirando todo eso con la distancia suficiente para entenderlo, o con la cercanía del inevitable desenlace.

Quizá por eso hay algo en el tono del disco que podría leerse como despedida. Como si cada canción estuviera colocada con una conciencia especial, como si hubiera una voluntad de cierre. Pero al mismo tiempo, y quizá ahí está lo interesante, el propio resultado desmiente esa idea. Porque Azimut no suena a final. Suena más bien a punto y seguido.

Y eso, en una trayectoria larga, coherente y sostenida en el tiempo como la de Joan Isaac, no es poco.

"Azimut" significa rumbo o dirección. ¿Hacia dónde va ese viaje?

Azimut es un disco muy relacionado con la altura de mi vida. A medida que te haces mayor, necesitas ordenar lo que has hecho y repasar tu vida. Por eso es un recorrido sentimental y personal por muchas etapas. Algunas canciones tienen nombre y otras no; unas remiten a personas concretas y otras no. Yo quería llamar al disco Quadern de viatge (Cuaderno de viaje), pero descubrí que Port-Bo ya había publicado un disco con ese título, así que busqué una palabra que resumiera lo que quería decir.

Como estudié náutica hace muchos años —aunque suspendí Patrón de Yate pese a haber estudiado mucho— recordé una de las palabras mágicas que aprendí: azimut, una coordenada de navegación de origen árabe. Me pareció una palabra muy representativa: una dirección, un viaje. Nunca sabes bien hacia dónde viajas, pero al final todo tu recorrido vital te ha servido para relacionarte y para hacer lo que más te gusta, que es escribir, y sobre todo escribir canciones.

En este viaje vuelves a lo esencial: la guitarra y la voz. ¿Tiene también que ver con una forma de cierre?

Sí. A mis 72 años, camino de los 73, uno sabe que este oficio antes o después se acabará. Tiene que ser así. Llegará un momento en que dirás: hasta aquí. El disco tiene algo conclusivo respecto a una etapa muy larga de mi vida, más de cincuenta años, y también es una forma de anticiparme y de defenderme un poco ante algo que sé que llegará. A todo el mundo le pasa: llega un momento en que debes parar, por condiciones físicas o porque ya no tienes nada más que decir.

¿Es tu último disco?

No lo sé. Pero cuando lo hice sí pensé que podía ser el último. De hecho, la última canción se titula Epíleg (Epílogo). En cierto modo me curé en salud.

¿Cómo surge trabajar con Eduard Iniesta y cuál crees que ha sido el resultado?

El resultado ha sido magnífico, por muchas razones. Me ha abierto una estética distinta para las canciones. Cuando terminé el concierto del Palau y presenté la integral, los libros y toda esa historia, al día siguiente, después del "bajón" que me vino, sentí la necesidad de replantearme cosas. Ya tenía siete u ocho canciones acabadas y vi claro que se había terminado una época musical muy concreta, sobre todo la de bases pianísticas, cuerdas y todo eso. Quería darles un giro distinto.

Volví un poco a los orígenes, a cuando empiezas a hacer canciones con la guitarra, a aquella estética de los conciertos con guitarra, y pensé en hacer un disco solo de voz y guitarra, buscando distintos guitarristas, de aquí y de fuera, para que arreglaran una canción cada uno.

Uno de ellos era Eduard Iniesta. Nos conocíamos profesionalmente, habíamos coincidido alguna vez, y le propuse arreglar una canción. Le envié la maqueta, me la arregló y me sorprendió muchísimo el aire que tomó. Luego le di otra, y otra, y otra, hasta que dijimos: hagamos el disco juntos.

Eduard es un referente musical del país, quizá no muy conocido por el gran público, pero de una calidad excelente. Además también es cantautor, hace canciones, y entendió perfectamente el juego que había en estas. Empezamos a trabajar y el resultado ha sido este: un disco con un giro estético absoluto, del que estoy muy satisfecho.

¿Ha sido fácil trabajar con Eduard Iniesta?

No, ha sido duro, porque es muy exigente y muy riguroso. Yo siempre había pensado que ensayar era un poco cosa de cobardes, pero con él hemos ensayado muchísimo. No te lo puedes imaginar. Además, está continuamente pensando en cambiar cosas. Quedábamos en un setlist para los conciertos y de repente te decía que la olvidaras porque quería cambiarla.

Pero es un músico muy riguroso y muy exigente. Sobre todo cuando grabé la voz me enseñó cosas que yo desconocía de mi propia voz, de cómo cantar, de cómo colocarla, sin alterar mi manera de hacerlo. Fue muy extenuante, pero al final también muy gratificante.

Leyendo las letras, muchas parecen muy duras, incluso pesimistas. Sin embargo, el disco no deja una sensación de tristeza.

Creo que cada uno escribe como le dicta el alma. Utilizas un lenguaje, unas metáforas, intentas no repetirte en las imágenes, pero en el fondo la manera de escribir siempre es la misma. En mi caso hay un sustrato intimista muy interiorizado, muy pasado por mis filtros, y el resultado son canciones que en el fondo son historias.

Has dicho que quizá la canción que mejor define el disco es "De vegades el silenci" ("A veces el silencio").

Porque resume muy bien una manera de estar en el mundo. En esa canción defiendo el silencio como un arma defensiva, pero también como un espacio de reflexión y de interiorización de los sentimientos. Cada vez me molesta más el ruido y la gente que habla por hablar. Prefiero a la gente que está en silencio, pensando, carburando mentalmente.

Para mí, De vegades el silenci concentra mucho del sentido del disco: esa mirada interior, esa necesidad de ordenar lo vivido y también cierta decepción respecto al mundo que nos rodea. Por eso probablemente es la canción más definitoria de Azimut.

También hay canciones con un punto irónico, como "Els últims anys de la vida" ("Los últimos años de la vida").

Sí. En esa canción me miro al espejo y veo mis contradicciones y mis miserias. Es irónica, pero muy sarcástica, dura. Llamarme a mí mismo "sinvergüenza" o "fanfarrón" está bien, porque "sinvergüenza" me lo llamaba mi madre. Y "fanfarrón" también lo he sido, como todo el mundo. En el fondo, la personalidad depende del momento en que naces y de la situación en que has vivido. Yo soy un tipo de barrio, de la Plana de Esplugues, y eso me ha llevado a ver la vida de una forma muy concreta.

La primera canción, "Vine" ("Ven"), empieza con una imagen muy fuerte: "Tengo mucho frío en los pies / la radio anuncia nieve / por los valles de la memoria". Y, sin embargo, la canción deja sensaciones agradables.

A veces la ausencia de personas que necesitas en tu vida aparece por la necesidad de compensar tu desequilibrio personal, tus momentos bajos. Es como pedir ayuda, alargar la mano para que alguien te la agarre. La metáfora de esa canción es muy fuerte, sí, pero el resultado no es una canción triste de escuchar. Ahí influye muchísimo el arreglo.

Yo se la envié a Eduard como una canción lenta, quizás triste, pero le dije que me gustaría darle un tratamiento de morna, como las canciones de Cesária Évora, con esas percusiones y esas guitarras. Y cambiándole el ritmo y la instrumentación, la canción se volvió agradable de escuchar. A mí melódicamente me gusta mucho.

Todo depende de cómo se haga. Lo esencial sigue siendo el mensaje que dejas en la canción, lo que sería el principio activo del medicamento. Los excipientes son todo lo que envuelve ese principio activo. Según cómo sean, la pastilla puede saber más a naranja o a fresa, pero el principio activo siempre es la personalidad del artista.

Y, al final, todos los creadores, ya sea en teatro, literatura, poesía o canción, damos vueltas a las mismas grandes preguntas universales, sobre todo la muerte y el amor. Desde los filósofos griegos hasta los existencialistas, todos se preguntan qué hacemos en este planeta, de dónde venimos y adónde vamos. Yo también giro siempre sobre esas mismas temáticas, aunque intente tratarlas de maneras distintas.

En "Fa dies que no em truques" ("Hace días que no me llamas") hablas del miedo al papel en blanco. ¿Tú lo has sentido?

Sí, claro. Es una sensación que cualquier artista ha tenido siempre: el miedo al papel en blanco, al lienzo en blanco. A mí me pasa que cuando acabo un disco me quedo absolutamente vacío, a todos los niveles, incluso físicamente cansado y también anímicamente.

Curiosamente, el periodo entre un disco y otro suele ser para mí de dos años o dos años y medio. Casi siempre igual. Cuando terminas un disco te preguntas cómo has sido capaz de hacerlo y sientes que ya no se te ocurre nada más. Luego, poco a poco, vuelve a aparecer algo. Al cabo de un año, o año y medio, empiezo a tener ideas, cosas que me rondan por la cabeza, pero todavía no se convierten en canciones. Se van desarrollando mentalmente hasta que después toman forma.

Picasso decía que la inspiración siempre le pillaba trabajando. A mí no. A mí la inspiración no me pilla nunca trabajando. Yo dejo que la inspiración, o las musas —que siempre están de vacaciones, como decía Serrat—, estén ausentes durante mucho tiempo. Luego, poco a poco, vas construyendo ideas que después se transforman en canciones.

Pero ese miedo al vacío lo ha sentido cualquier artista: pensar que ya no tiene nada más que decir, que pintar o que escribir. Lo que pasa es que al final ese sustrato del creador provoca un metabolismo interno que te devuelve otra vez al oficio.

La última canción, "Epíleg" ("Epílogo"), parece también una metáfora sobre tu oficio. Cuando dices "en el mar ya no hay peces / no quiero salir a pescar", ¿qué son esos peces?

Esa frase quiere decir muchas cosas. La imagen del pez como alimento, como oficio, remite también a la actualidad, a hacia dónde va el mundo. Los que somos demócratas y más o menos inteligentes vemos que el mundo está tomando una deriva nefasta para la humanidad. Parece una competición por ver quién puede ser más extremista, más racista, más homófobo.

Y la cultura molesta en esa dirección internacional de la extrema derecha. También a la extrema izquierda le molesta, aunque no le guste que se lo digan. La extrema derecha sí lo tiene muy claro: sabe que la cultura es un arma, que puede hacer pensar a la gente. Y cuando digo que en el mar ya no hay peces, también hablo de eso: de que nos estamos convirtiendo en un mundo vacío, estéril, que no sabe adónde va y en el que seguramente nuestros hijos vivirán peor que nosotros.

Lo ves en ciertas encuestas a jóvenes de 18 a 25 años, donde muchos dicen abiertamente que una dictadura no les importaría o que la corrupción política les parece casi normal. Para llegar a eso hay una falta de cultura y de memoria histórica alucinante. Esa es la verdadera vaciedad.

Y sí, detrás de la canción también hay un acercamiento al final de un oficio. Llegará el momento de vender los trastos, irse a casa, encender el fuego y descansar. Vas viendo venir el tren, poco a poco, y hay que asumirlo.

En esa canción también dices que has dejado "huellas en la arena que el tiempo borrará". La sensación es que no solo el mundo va mal, sino que además lo que uno ha hecho puede desaparecer.

Yo creo que esa frase quiere decir que has dejado una obra. Yo he tenido la suerte de hacer una obra grande y extensa, algo que a los autores que empiezan ahora les será bastante más difícil, porque las cosas han cambiado mucho y la canción de autor es cada vez más minoritaria, más casi sectaria. He tenido la suerte de dejar 27 discos.

Lo de las huellas sobre la arena es una imagen. No sé si dentro de cincuenta años alguien sabrá quién fue Joan Isaac, y me importa muy poco porque yo tampoco me enteraré. Pero sí creo que hay artistas que han tenido la suerte de dejar una obra amplia, una obra incluso estudiada, o que quizá algún día se estudie, como se estudia a Raimon o a Brassens. No me comparo con ellos, ni mucho menos. Yo soy Joan Isaac y he hecho mi trabajo lo mejor que he podido y, sobretodo, a mi manera.

Pero pienso, por ejemplo, en el concierto de Lluís Llach en el Palau: aquello también eran huellas en la arena. Esas canciones seguían en la memoria de la gente, y esa forma de hacer también. Aunque el público tuviera de 55 o 60 años en adelante, seguía necesitando volver a escuchar aquellas canciones. Eso es lo que me mantiene la esperanza de que dentro de unos años todavía haya gente que quiera recordar o cantar canciones mías.

Pero eso no depende solo de los artistas. Depende de cómo funcione la ciudad, de cómo el país cuide esa historia. Por eso se habla tanto últimamente del Ateneu de la Cançó. Es una forma de dar continuidad a todo un trabajo que hemos hecho.

¿Crees que la canción de autor, tal como la entendemos, está en crisis o se está acabando?

No creo que esté en crisis, o está en crisis como siempre, no lo sé. Mientras haya gente que lea libros y poesía, que vaya al cine, al teatro o a exposiciones, habrá un sustrato sensible a este tipo de canción, porque sigue siendo una canción vigente.

No habrá otro Jacques Brel, ni otro Brassens, ni seguramente otro Serrat o Aute. Eso es evidente. Pero esa manera de ser, de escribir y de hacer canciones sigue teniendo un público fiel. El problema es el relevo generacional de ese público. Ese es el gran problema.

Y eso depende mucho de cómo la sociedad trate o cuide este género. Siempre se discute qué es canción de autor y qué no lo es, pero en todos los ámbitos donde aparece la palabra autor hay algo diferencial, y eso es importante.

Has puesto alguna vez el ejemplo de Italia para explicar esa diferencia.

Sí. Italia es una de las cunas de la canción y, además, allí inventaron el término "canzone d’autore". Recuerdo que Jovanotti, un músico más bien pop, se atrevió a comparar Gloria, de Umberto Tozzi, con La locomotiva, de Francesco Guccini. Eso le llegó a Guccini y, cuando un periodista le preguntó, respondió que era una comparación respetable, pero que él no estaba de acuerdo.

Dijo algo así como que Gloria es una canción agradable de escuchar, que incluso él mismo la había bailado y cantado, pero que detrás de La locomotiva, o de cualquier canción de autor con cierto nivel literario, hay muchos libros leídos, mucha poesía, mucho cine, y todo eso crea un sustrato en el creador. Ese sustrato permite construir algo que es casi un milagro: contar una historia en tres o cuatro minutos, interpretarla y, además, que esté bien escrita. Y dudaba que detrás de Gloria hubiera ese mismo sustrato intelectual. No lo decía contra Umberto Tozzi, al contrario: decía que le parecía un gran éxito.

Eso es lo que diferencia muchas veces nuestras canciones: detrás hay un sustrato literario y cultural que viene de leer mucho, de ver cine, de ir al teatro. Y aquí está la cuestión central: la canción de autor solo sobrevivirá mientras el interés cultural de la gente siga siendo grande.

Si los jóvenes leen menos, van menos al teatro y al cine, vamos mal. Esa manera de escribir y de hacer arte se acabará, y todo será más fast food, más inmediato. Por eso el interés cultural de la gente joven es fundamental. Si se pierde la memoria histórica y desaparece ese interés, iremos mal.

Aun así, en festivales como BarnaSants sigue habiendo un público fiel. El problema, otra vez, es el relevo generacional. A los niños hay que enseñarles bien. En Francia se estudia a Jacques Brel o a Brassens en la escuela. Eso cambia mucho la manera de salir al mundo.

De alguna manera ¿estás desencantado con el mundo que dejamos?

Lo hemos ido apuntando a lo largo de la conversación. Antes decías que podía parecer un disco triste, aunque no te dejara mal cuerpo, y creo que también refleja esa sensación de desencanto.

Hay una imagen que me has señalado, la de las huellas en la arena, que me parece interesante. Mucha gente, muchos artistas, dejan huellas importantes que el tiempo acaba borrando. Pasa incluso con figuras fundamentales. Piensa en lo que ha ocurrido con la muerte de Gino Paoli o de Enric Hernàez: dejan una huella muy profunda, heridas muy grandes, pero en las redes todo eso dura dos o tres días, entre comentarios, fotos y homenajes, y después desaparece de la conversación.

Y esto se ve todavía más claro con alguien como Sergio Secondiano Sacchi. Era uno de los grandes intelectuales de la canción a nivel mundial, una figura clave para entender la canción de autor, no solo en Italia sino en toda Europa. Tenía un conocimiento enorme, enciclopédico, y una capacidad de análisis y de reflexión sobre el género que muy poca gente ha tenido. Su trabajo no era solo el de difundir la canción, sino el de pensarla, contextualizarla, darle un lugar dentro de la cultura.

Sin embargo, su desaparición —lo que los italianos llaman la "scomparsa"— tuvo una presencia pública muy breve. Durante dos o tres días se habló de ello, hubo artículos, recuerdos, reconocimientos… y enseguida dejó de ser actualidad. Y estamos hablando de alguien que dejó un legado intelectual y cultural enorme, que ayudó a construir el pensamiento alrededor de la canción de autor.

Eso es lo que me preocupa: esa velocidad con la que todo pasa y se olvida. Incluso las figuras más importantes, las que han dejado una huella profunda, quedan diluidas en muy poco tiempo. Y en ese sentido, la imagen de las huellas en la arena cobra más sentido: no es solo una cuestión personal, sino una reflexión sobre cómo funciona hoy la memoria colectiva.

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