Yo no soy Mikel Laboa (Ni ez zain Mikel Laboa, Elkar 2023) es una biografía inusual del mítico cantautor vasco Mikel Laboa. En formato de novela gráfica, Harkaitz Cano y Unai Iturriaga han tratado de subrayar las peculiaridades que popularizaron a Laboa, acompañadas de las imágenes de Joseba Larratxe. El cantaor donostiarra demostró su valentía hacia la tradición, su fuerza para la transgresión y su voz tan singular como diferente, entre otras cosas.
Pero, ¿cómo afrontar el reto de llevar a las viñetas la vida de un chamán? El perfil lúdico e innovador de Laboa repele toda tentación de ortodoxia.
Mikel Laboa nació 1934 en el Casco Viejo de San Sebastián y tras el estallido de la Guerra Civil su padre se exilió en Francia y su madre trasladó su residencia a Lekeitio, junto a sus siete hijos. Estudió medicina entre 1953 y 1963 y se especializó en neurosiquiatría infantil en 1967.
Auténtica leyenda viva de la canción vasca, Mikel Laboa (Donosti, 1934), sigue siendo uno de los artistas más transgresores e incisivos que se pueden encontrar dentro de la escena europea.
Algunos discos: "Ursuako kanta" (Goiztiri de Bayona, 66), "Bat-Hiru" (Herri Gogoa, 74. Reed. Elkar), "Lekeitioak" (Elkar, 88), "Mikel Laboa Zuzenean" (Elkar, 97).
Las plataformas digitales democratizaron el acceso a la música y multiplicaron las posibilidades de publicación para miles de artistas. Sin embargo, dos décadas después de su irrupción, el mercado parece avanzar hacia una dirección inesperada: los éxitos son cada vez más locales, los algoritmos refuerzan las fronteras culturales y, salvo los artistas mainstream, resulta cada vez más difícil descubrir en nuestros escenarios a músicos procedentes de otros países, especialmente cuando deben cruzar un océano.
El trovador cubano Silvio Rodríguez abrió el 1 de septiembre en el Gran Teatre del Liceu de Barcelona su nueva gira por el Estado español con un concierto de 22 canciones que fue creciendo paulatinamente hasta desembocar en una sucesión final de clásicos. A punto de cumplir 80 años, Rodríguez mostró una voz sólida, mantuvo la habitual sobriedad de sus conciertos, dejando que fueran las canciones y la poesía las que expresaran aquello que apenas necesitó explicar con palabras.

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