El artista chileno encantó al público con su humildad y talento. Y logró el primer gran rugido por parte del público de El Patagual. García sigue forjando la estatura de su figura.
Andrés Escobar/Prensa Olmué - Manuel García crece con cada presentación. El aplomo, la conexión, la empatía y el diálogo se hacen más fluidos. García como un crack. Un ídolo que no se entera de su condición. Al menos, no se acostumbra. Luego de las ovaciones tras Alfil, Témpera o Tu ventana el ex Mecánica Popular es incapaz de esconder la espontaneidad de su agradecimiento. La inocencia que permite sorprenderse y emocionarse como piezas que iluminan su humildad.
Fueron casi cuarenta minutos sobre el escenario. Un recorrido de nueve canciones que atravesaron Queda lo que quema, Piedra negra, Danza de las libélulas, Vida mía y La gran capital. Y que mostraron la versatilidad del Festival de Olmué. García subió a escena tras Yuri. García y sus rulos negros después de la espectacular aparatosidad de la mexicana, que utilizó en su oído derecho una “muela” llena de brillantes; el chileno instaló un audífono en su oreja izquierda: una extensión de su cabello. Un trovador aperado sólo con sus letras, profundidad y agradecimiento.
Pareciera que Manuel García no tiene un carisma especialmente dedicado a atrapar al público. La conexión surge como una consecuencia de la naturalidad. Y se manifiesta de forma profunda. El chileno ha sido el único artista —hasta ahora— que detonó el rugido de la gente.
García es despedido del escenario. Leo Caprile comienza a presentar la Competencia del Festival. Pero El Patagual no permite continuar con el show. García vuelve con Reloj para terminar con una presentación redonda.
Tras bajar del escenario, Manuel García había subido otro escalón en su fecunda carrera. Tanto, que el mismo lo reconoció en la conferencia de prensa. Se manifestó feliz de haber participado en un escenario que llega a un público “más masivo”. Olmué dejó a García más que preparado para su presentación en el Festival de Viña del Mar.
“El de Olmué es un público muy crítico; vienen señoras, son familias que no dicen sólo ‘vamos a pasarlo bien’. El público tiene un comportamiento, quieren escuchar y entender a su país a través de las canciones. Viña, con toda su parafernalia, es un escenario mucho más fácil de abordar.
“El Festival de Viña es pan comido”, sentenció el ariqueño.
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