Reflexiones de un joven musicólogo después del recital de los Quilapayún en Barcelona.
Pero más que un concierto, aquello fue la expresión de una colectividad.
El Palau de la Música Catalana, en el marco del festival BarnaSants, acogerá este martes 1 de febrero a la agrupación chilena Quilapayún-Carrasco que rendirá homenaje a quien fuera su director, Víctor Jara, recuperando canciones de su repertorio.
Desde canciones habituales en el repertorio del Quilapayún como Plegaria a un labrador o Te recuerdo Amanda, hasta otras que el grupo jamás llegó a grabar como Herminda de la Victoria, La cocinerita, El aparecido o Manifiesto, pasando por algunas que hacía décadas que no eran interpretadas en directo como El alma llena de banderas, Canción del minero, Somos pájaros libres o Paloma quiero contarte.
Las plataformas digitales democratizaron el acceso a la música y multiplicaron las posibilidades de publicación para miles de artistas. Sin embargo, dos décadas después de su irrupción, el mercado parece avanzar hacia una dirección inesperada: los éxitos son cada vez más locales, los algoritmos refuerzan las fronteras culturales y, salvo los artistas mainstream, resulta cada vez más difícil descubrir en nuestros escenarios a músicos procedentes de otros países, especialmente cuando deben cruzar un océano.
El trovador cubano Silvio Rodríguez abrió el 1 de septiembre en el Gran Teatre del Liceu de Barcelona su nueva gira por el Estado español con un concierto de 22 canciones que fue creciendo paulatinamente hasta desembocar en una sucesión final de clásicos. A punto de cumplir 80 años, Rodríguez mostró una voz sólida, mantuvo la habitual sobriedad de sus conciertos, dejando que fueran las canciones y la poesía las que expresaran aquello que apenas necesitó explicar con palabras.

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